¿Es la práctica de Mindfulness peligrosa?

Los peligros del mindfulness

Mind Jorge

8/20/20265 min read

¿Es el mindfulness un peligro?

En los últimos años han aparecido voces críticas que señalan un posible peligro del mindfulness: que nos vuelva personas más pasivas, conformistas y dispuestas a aceptar cualquier situación.

El mensaje, simplificado, sería algo así: “No intentes cambiar lo que sucede fuera. Cambia tu manera de relacionarte con ello”. Desde esta perspectiva, el mindfulness podría terminar convirtiéndose en una herramienta para soportar trabajos abusivos, relaciones dañinas o injusticias sociales que, en realidad, deberían ser cuestionadas.

Creo que esta crítica señala un riesgo verdadero, pero también parte de una comprensión muy limitada de lo que es el mindfulness.

Mirar el mindfulness desde fuera

A veces juzgamos una disciplina sin habernos adentrado suficientemente en ella. Es parecido a observar un partido de fútbol sin conocer el juego y concluir que solo consiste en veinte personas corriendo detrás de un balón.

Quien entiende de fútbol puede apreciar los movimientos sin balón, la táctica, la ocupación de los espacios, la toma de decisiones y la creatividad de los jugadores. La misma realidad adquiere una profundidad diferente cuando conocemos lo que estamos observando.

Con el mindfulness puede suceder algo parecido.

Visto desde fuera, podría parecer que consiste únicamente en sentarse, respirar y aceptar todo lo que ocurre. Sin embargo, cuando profundizamos en la práctica, descubrimos que la atención plena no fue concebida como una técnica aislada para relajarnos o sentirnos bien. En sus raíces budistas forma parte de un camino mucho más amplio que incluye ética, sabiduría, compasión y acción correcta.

Separarla de ese contexto puede hacer que pierda una parte esencial de su significado.

Aceptar no significa aprobar

Una de las mayores confusiones aparece alrededor de la palabra “aceptación”.

Aceptar no significa considerar que algo está bien. Tampoco significa resignarse, permanecer inmóvil o renunciar a cambiar una situación. Aceptar significa reconocer con claridad lo que está sucediendo en este momento, aunque no nos guste.

Si estoy en una relación dañina, aceptar la realidad no consiste en repetirme que debo aguantarla serenamente. Puede consistir precisamente en dejar de justificar determinados comportamientos, reconocer el daño que me están causando y tomar la decisión de alejarme.

Si trabajo en unas condiciones abusivas, practicar mindfulness no debería utilizarse para ayudarme a soportar indefinidamente la explotación. La atención plena puede permitirme observar el miedo, la culpa o las creencias que me mantienen paralizado y, desde esa comprensión, buscar apoyo, establecer límites o abandonar ese trabajo.

La aceptación no es necesariamente el final del camino. Muchas veces es el punto desde el que comienza un cambio más lúcido.

No podemos responder adecuadamente a una realidad que todavía estamos negando.

Responder en lugar de reaccionar

El mindfulness tampoco pretende eliminar nuestra capacidad de acción, sino ayudarnos a distinguir entre una reacción automática y una respuesta consciente.

Imaginemos una discusión. Alguien dice algo que nos hiere e inmediatamente sentimos rabia. Si reaccionamos desde el impulso, quizá gritemos, insultemos o digamos algo de lo que después nos arrepentiremos.

Practicar atención plena no significa reprimir la rabia ni sonreír como si nada hubiera sucedido. Significa reconocerla, sentirla en el cuerpo, comprender qué está activando en nosotros y crear un pequeño espacio antes de actuar.

Desde ese espacio todavía podemos expresar nuestro desacuerdo, poner un límite o marcharnos. La diferencia es que intentamos hacerlo desde una mayor claridad y no únicamente arrastrados por el impulso.

No se trata de dejar de actuar, sino de elegir mejor cómo queremos hacerlo.

Cuando el mindfulness se convierte en una herramienta de adaptación

El problema aparece cuando el mindfulness se presenta como una solución individual para problemas que también son sociales, laborales o estructurales.

Si una empresa mantiene a sus trabajadores bajo una presión constante y responde ofreciendo sesiones de meditación, pero no revisa la carga de trabajo, los horarios o las condiciones laborales, la práctica puede convertirse en una forma de trasladar toda la responsabilidad al individuo:

“El entorno no necesita cambiar. Eres tú quien debe aprender a gestionar mejor el estrés”.

En ese caso, el mindfulness puede ser utilizado para adaptar a la persona a una situación insostenible. No porque la herramienta conduzca necesariamente a eso, sino porque ha sido separada de la ética y puesta al servicio de unos determinados intereses.

Una práctica honesta debería ayudarnos a observar tanto lo que sucede dentro de nosotros como las condiciones externas que contribuyen a nuestro sufrimiento.

A veces necesitaremos cambiar nuestra relación con lo que ocurre. Otras veces tendremos que intentar cambiar aquello que está ocurriendo. Y con frecuencia serán necesarias ambas cosas.

Los riesgos reales de la práctica

Defender el mindfulness no implica presentarlo como una herramienta perfecta, inocua o adecuada para todo el mundo en cualquier circunstancia.

Una práctica mal planteada puede convertirse en otra exigencia: “Tengo que meditar”, “debería estar tranquilo” o “si sigo sufriendo es porque no practico correctamente”. En lugar de liberarnos de la lucha interna, terminamos utilizando el mindfulness para juzgarnos.

También puede aplicarse de manera inadecuada en personas que atraviesan experiencias traumáticas o problemas psicológicos complejos. Pedirles que cierren los ojos y permanezcan con determinadas sensaciones, recuerdos o emociones sin una adaptación adecuada podría resultar contraproducente.

Por eso son importantes la formación del instructor, la capacidad de reconocer los propios límites y, cuando sea necesario, la coordinación o derivación hacia profesionales sanitarios especializados.

El mindfulness no debe convertirse en una promesa universal ni sustituir la atención psicológica o médica cuando esta sea necesaria.

Entonces, ¿es peligroso el mindfulness?

Quizá la pregunta no sea solamente si el mindfulness es peligroso, sino qué entendemos por mindfulness, quién lo enseña y con qué intención se utiliza.

Un martillo puede servir para construir una casa o para destruir algo. La herramienta importa, pero también importan la formación, el criterio y la intención de quien la utiliza.

Un mindfulness superficial puede invitarnos a aguantar lo que debería ser cuestionado. Puede convertir el malestar social en un problema exclusivamente individual o transformar la meditación en otro producto de consumo orientado a ser más eficientes y seguir produciendo.

Pero una práctica profunda también puede ayudarnos a reconocer el sufrimiento, comprender sus causas y actuar sin dejarnos dominar por nuestros automatismos. Puede enseñarnos a escuchar, a poner límites, a cultivar compasión y a responder con mayor sabiduría.

La atención plena no nos pide que consideremos aceptable todo lo que sucede. Nos invita a verlo con claridad.

Y ver con claridad puede llevarnos a permanecer, pero también a marcharnos; a guardar silencio, pero también a alzar la voz; a aceptar aquello que no podemos cambiar, pero también a comprometernos con aquello que sí podemos transformar.

Por eso, antes de juzgar el mindfulness desde fuera, quizá convenga conocer su profundidad, sus matices y el camino ético del que originalmente formaba parte.

El peligro no siempre está en la herramienta. Muchas veces está en la forma en que se simplifica, se enseña y se utiliza.

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