Sirât desde el mindfulness
El camino de la aceptación
Mind Jorge
8/27/20267 min read


Sirât: huir del dolor o aprender a atravesarlo
Aviso: esta reflexión contiene spoilers importantes de Sirât. Si todavía no has visto la película, te recomiendo hacerlo antes de continuar.
Hay películas que terminan cuando aparecen los créditos y otras que continúan durante días dentro de nosotros.
Sirât, de Óliver Laxe, ha sido una de esas películas para mí.
No pretendo explicar qué quiso decir exactamente su director. Probablemente muchas de las imágenes que aparecen en la película admitan interpretaciones diferentes. Lo que quiero compartir es lo que yo vi en ella desde mi propia experiencia y desde una mirada psicológica y mindfulness.
Y, sobre todo, hubo una pregunta que estuvo presente durante buena parte de la película:
¿Qué ocurre cuando pasamos nuestra vida intentando escapar del dolor?
Cuando la libertad también puede convertirse en una huida
Sabemos muy poco del pasado de los personajes que acompañan a Luis por el desierto.
No sabemos exactamente qué les ocurrió, qué dejaron atrás ni por qué terminaron viviendo lejos de sus países, viajando de una rave a otra.
Y precisamente ese silencio me parece interesante.
No percibí en ellos malas personas. Todo lo contrario. Encontré sensibilidad, compañerismo, ternura y una enorme capacidad para ayudarse unos a otros.
Pero también tuve la sensación de estar observando a personas heridas.
Personas que quizá encontraron en el viaje, las drogas, la música y el trance una manera de alejarse de aquello que dolía.
Y aquí creo que conviene no juzgar.
Bailar, viajar, consumir una sustancia o elegir una vida alejada de lo convencional no significa necesariamente estar huyendo de nada. La pregunta interesante es otra:
¿Desde dónde lo hacemos?
Porque prácticamente cualquier cosa puede convertirse en una forma de evitación.
Podemos escapar mediante las drogas, pero también mediante el trabajo, las redes sociales, la comida, las relaciones, el entretenimiento e incluso mediante la meditación.
El problema no es aquello que utilizamos.
El problema aparece cuando necesitamos utilizarlo constantemente para no encontrarnos con nosotros mismos.
El dolor que no podemos evitar
Y entonces Sirât hace algo brutal.
De repente, Luis pierde a su hijo Esteban y a su perro Pipa.
Ya no existe música suficientemente alta.
Ya no existe carretera suficientemente larga.
Ya no hay ningún lugar al que escapar.
Solo queda el dolor.
Esta parte de la película conectó inevitablemente conmigo y con uno de los momentos más dolorosos de mi vida: cuando atropellaron a mi perro.
Recuerdo perfectamente aquel duelo.
Nunca quise tomar nada para dejar de sentirlo. No porque quisiera sufrir ni porque hubiera nada heroico en ello. Simplemente sentía que aquel dolor tenía derecho a estar ahí.
Mi perro había sido importante para mí. ¿Cómo no iba a doler su ausencia?
Así que viví aquel duelo con amor.
Lloré lo que tenía que llorar. Sentí el vacío. Permití que aparecieran los recuerdos.
Y poco a poco algo fue cambiando.
No porque consiguiera eliminar el dolor, sino porque dejé que el dolor hiciera su recorrido.
Mindfulness no consiste en aprender a que las cosas no nos duelan.
Consiste, entre otras cosas, en desarrollar la capacidad de permanecer presentes también cuando la vida no se parece en nada a lo que queríamos que fuese.
Porque existe una diferencia enorme entre sentir dolor y luchar desesperadamente por no sentir dolor.
El primero forma parte de estar vivos.
El segundo puede convertirse en una prisión.
El campo de minas
Hay una escena que para mí concentra buena parte del mensaje de Sirât.
Después de todo lo ocurrido, los supervivientes descubren que están atrapados en un campo de minas.
Intentan calcular.
Buscan estrategias.
Prueban caminos.
Pero nada garantiza que el siguiente paso sea seguro.
Hasta que Luis camina.
Cuando después le preguntan cómo ha sido capaz de hacerlo, su respuesta viene a expresar algo parecido a:
no lo pensé; simplemente lo hice.
No interpreto esta escena como una invitación a actuar impulsivamente.
La interpreto como el momento en el que una persona descubre que la vida nunca puede ofrecernos todas las garantías que nuestra mente reclama.
Podemos calcular muchísimo.
Podemos anticipar.
Podemos intentar controlar cada variable.
Pero llega un punto en el que vivir exige dar un paso.
Y después otro.
Eso también aparece continuamente en mindfulness.
La práctica no nos proporciona un mapa que garantice que todo irá bien. Nos entrena para estar presentes ante el siguiente paso cuando todavía desconocemos lo que encontraremos después.
Luis ya no controla el camino.
Pero camina.
Los altavoces y el ruido
Hay algo que me llamó especialmente la atención en Sirât: la presencia constante de los altavoces.
La película comienza prácticamente construyendo un muro de sonido.
Altavoces enormes. Música. Cuerpos. Movimiento. Estimulación.
Y según avanza el viaje, todo eso empieza a desaparecer.
Hasta que queda el desierto.
Silencio.
Dolor.
Personas.
Para mí, esos altavoces representan algo que va mucho más allá de una rave.
Representan el ruido.
Nuestro ruido puede ser diferente: Netflix, Instagram, trabajo, compras, alcohol, comida, videojuegos, podcasts, viajes...
Incluso podemos llenar cada segundo del día con información sobre cómo vivir mejor.
Todo con tal de no permanecer cinco minutos en silencio.
Pero cuando el ruido desaparece aparece una pregunta incómoda:
¿Hacia dónde estoy llevando realmente mi vida?
Quizá por eso me resulta tan significativo que los altavoces vayan perdiendo importancia mientras los personajes se adentran en el desierto.
Cuanto menos ruido queda fuera, más difícil resulta escapar de lo que llevamos dentro.
Cuando desaparecen las líneas de la carretera
Otro detalle visual me llamó muchísimo la atención.
Según los personajes avanzan, las líneas de la carretera empiezan a desaparecer.
Cada vez hay menos referencias.
Menos límites.
Menos camino.
En apariencia podría parecer la máxima expresión de libertad.
Ya no hay líneas. Podemos ir donde queramos.
Pero una ausencia absoluta de límites no siempre significa libertad.
También puede significar estar perdido.
Vivimos en una época en la que romper con lo establecido se presenta muchas veces como un valor en sí mismo.
Deja tu trabajo.
Viaja por el mundo.
No sigas las normas.
Rompe con lo convencional.
Encuentra tu propio camino.
Pero mindfulness también implica observar esa necesidad de rebelarnos.
Porque llevar la contraria automáticamente continúa siendo una forma de estar condicionado.
Si hago algo simplemente porque todo el mundo hace lo contrario, los demás siguen determinando mi comportamiento.
La verdadera libertad quizá sea mucho más sencilla:
poder elegir.
A veces abandonar la carretera.
Y otras veces permanecer en ella.
Y al final aparecen los raíles
Por eso me parece tan hermoso el último plano.
Después de una película en la que los caminos se han ido desdibujando, terminamos sobre unos raíles.
Dos líneas.
Un camino definido.
Una dirección.
Los supervivientes continúan avanzando, pero ya no vagan por cualquier lugar.
Y para mí hay algo profundamente simbólico ahí.
No necesitamos destruir todos los caminos para ser libres.
Podemos elegir nuestro rumbo y al mismo tiempo aceptar ciertos límites.
Podemos cuestionar las normas sin convertirnos en enemigos de todas ellas.
Podemos vivir de una manera diferente sin necesitar demostrar constantemente que somos diferentes.
Los raíles limitan hacia dónde puede moverse el tren.
Pero precisamente gracias a esos límites el tren puede avanzar.
Quizá la madurez tenga algo que ver con descubrir qué límites nos aprisionan y cuáles, paradójicamente, nos sostienen.
Las personas que juzgamos pueden terminar sosteniéndonos
Hay otra transformación preciosa durante el viaje.
Luis entra en un mundo completamente ajeno al suyo.
Drogas, cuerpos tatuados, amputaciones, furgonetas destartaladas, raves ilegales...
Es fácil construir rápidamente una historia sobre esas personas.
Y, sin embargo, cuando todo empieza a derrumbarse, descubrimos algo mucho más importante que su apariencia:
cómo se comportan ante el sufrimiento de otro ser humano.
Comparten.
Reparan.
Esperan.
Ayudan.
Se acompañan.
Y cuando Luis queda completamente destrozado, no lo abandonan.
La película parece recordarnos que sabemos muy poco de una persona observando simplemente la forma que ha elegido para vivir.
Podemos equivocarnos enormemente cuando confundimos apariencia con humanidad.
No sabemos dónde está la siguiente mina
El título de la película tampoco parece casual.
Sirât hace referencia al camino o puente que, dentro de la tradición islámica, separa simbólicamente la salvación de la caída. La propia película lo presenta como un paso extremadamente estrecho y peligroso.
Y quizá por eso el campo de minas resulta una imagen tan poderosa.
Nosotros tampoco sabemos dónde está nuestra siguiente mina.
Podemos hacer ejercicio, comer perfectamente, ahorrar dinero, cuidar nuestras relaciones, meditar todos los días y construir una vida aparentemente segura.
Y aun así recibir mañana una llamada que lo cambie todo.
Esto no significa vivir asustados.
Significa comprender algo que el mindfulness lleva siglos intentando mostrarnos:
la seguridad absoluta no existe.
Paradójicamente, cuanto antes dejamos de exigirle seguridad absoluta a la vida, más disponibles estamos para vivirla.
No sabemos cuánto durará el camino.
No sabemos qué perderemos.
No sabemos qué encontraremos.
Pero estamos aquí.
Y todavía podemos elegir cómo dar el siguiente paso.
Atravesar en lugar de escapar
Al terminar Sirât no sentí que hubiera visto una película sobre drogas, raves o personas perdidas en el desierto.
Sentí que había visto una película sobre seres humanos intentando encontrar un camino.
Algunos mediante el ruido.
Otros mediante la búsqueda.
Otros mediante la huida.
Y finalmente, cuando prácticamente todo desaparece, mediante algo mucho más elemental:
seguir caminando juntos.
Quizá no podamos evitar el dolor.
Quizá tampoco podamos controlar dónde aparecerá la próxima mina.
Pero sí podemos aprender a no construir toda nuestra existencia alrededor del intento desesperado de escapar.
Podemos sentir.
Podemos detenernos.
Podemos pedir ayuda.
Podemos acompañarnos.
Y cuando llegue el momento, podemos volver a caminar.
No porque sepamos exactamente dónde termina el camino.
Sino porque hemos aprendido a estar presentes mientras lo recorremos.
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